Noticia seleccionada por ADAPA Canarias:

SANTA ANA, Mariano de. La Provincia. Diario Las Palmas. “Caen las palmeras de Oramas”.  Las Palmas de Gran Canaria. Pág. 6. 12/09/2016. Referenciado: 05/11/2016.

Todas las generaciones vivas asociaban la entrada de Las Palmas por la Autovía del Norte con la imagen de dos grandes y hermosas palmeras canarias centenarias. Ya en los años treinta del siglo XX, su estampa ante el risco de San Nicolás fue pintada por el gran artista Jorge Oramas. Pues, bien, desde el pasado sábado, esa imagen ya no existe. Ambos árboles cayeron por razones que los responsables públicos de su cuidado tendrían que explicar.

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  Los árboles, como los edificios, las calles y los espacios libres, son elementos que definen la identidad de las ciudades. Nacidos espontáneamente o plantados por manos humanas, son seres vivos que, además de regenerar el aire contaminado, producen el espacio urbano. Algunos, incluso, son considerados singulares, ya sea por su tamaño, su antigüedad, su esbeltez o por lo que suponen para la memoria colectiva. Todos estos aspectos concurrían en los palmitos gemelos que se erguían paralelos en el margen izquierdo de la Autovía del Centro, en las faldas del risco de San Nicolás. Con sus cerca de veinte metros de altura s, ambos se encontraban entre los especímenes de Phoenix canariensis más altos de Las Palmas. Tenían cada uno más de un siglo, estaban entre los últimos vestigios de la finca de Pambaso -con el muro agrícola que los acompañaba- y fueron salvadas por la campaña que los naturalistas Günther Kunkel y Jaime O’Shanahan emprendieron a finales de los sesenta para evitar su tala por la construcción de la Autovía del Centro. Por si todo esto fuera poco, ambas palmeras eran los referentes vivos de uno de los cuadros más conocidos de Jorge Oramas, Risco, realizado en algún momento entre 1932 y 1935, en el que aparecen en primer plano. Todos estos atributos se esfumaron de un plumazo en la madrugada del sábado o la mañana de ayer, cuando ambos árboles protegidos cayeron muertos sobre el descampado en el que sobrevivían desprotegidos.

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  Sobre las causas que motivaron la defunción de estos árboles, y el duro golpe que supone perder un punto de referencia cardinal para Las Palmas, tendrían que dar explicaciones en algún momento los responsables públicos de su cuidado. En cualquier caso este periódico había inspeccionado hace un semana la zona, un terreno de aproximadamente mil quinientos metros cuadrados, en compañía del biólogo Carlos Suárez. Éste advirtió entonces que, dada su avanzada edad, las palmeras necesitaban un riego asistido del que es patente que carecían, sobre todo en periodos de sequía como el verano. Y no sólo lo necesitaban por su vejez sino también por la extinción de su entorno agrícola inmediato, por el crecimiento de la urbanización y por la canalización del agua que corría por el Guiniguada que fueron cortando sus fuentes tradicionales de aprovisionamiento hídrico.

  Otras fuentes técnicas indican por su parte que días atrás ha habido un constante movimiento de maquinaria pesada por la zona para reconstruir un muro de contención en San Nicolás, aunque está por ver si este trasiego tuvo que ver también con la muerte de estos símbolos de la ciudad.

  Sea como fuere, adentrarse ayer en el descampado en que vivían, que nunca ha sido un lugar de fácil acceso -pese a que reunía todas las condiciones para ser un espléndido parque presidido por estos árboles cuasi totémicos-, era enfrentarse a un panorama desolador.

  Sus troncos tendidos y rotos sobre los hierbajos parecían que estaban dispuestos para que alguien los adecentara para su funeral o para que se depositasen flores sobre ellos. Sus copas cayeron sobre el arcén de la Autovía, sin que afortunadamente pasase en ese momento por allí ninguna persona y no hubiese que lamentar encima daños personales. Cercadas por conos y cintas del servicio de carreteras del Cabildo de Gran Canaria, éstas parecían dos cabezas que, después de aguardar mucho tiempo, se hubiese logrado cobrar por fin algún codicioso recolector. Habrá que preguntar entonces también a quienes quiera que sean los responsables del área, por el destino que piensan dar al descampado: si optarán por plantar otras dos palmeras para que, con suerte, dentro de un siglo luzcan una estampa similar a la de sus antecesoras o, bien, si han hecho cálculos ya para otro tipo de usos.

  Desde el descampado se ve aún otro árbol que fue salvado igualmente por Kunkel y O’Shanahan, aquellos activistas, que, en compañía de unos pocos ciudadanos más, y armados sólo con su credibilidad, lograron en pleno franquismo el desvío de la Autovía que sepultó el curso final del Guiniguada y generó una cicatriz por la que todavía supura la conciencia colectiva de la ciudad. Efectivamente, la higuera lirada situada al final de la calle San Diego de Alcalá, sobrevive aún, pero está afectada por la mosca blanca y seca en un ochenta por ciento. Es más que probable, por tanto, que su final sea también la muerte por abandono. Por lo demás, recordar la hazaña de Kunkel y O’Shanahan en la dictadura invita a hacerse preguntas sobre la calidad medioambiental que cabría esperar que trajera la democracia, o, incluso, si una política medioambiental deficiente equivale a una democracia de baja calidad.

Dragos

  El caso es que en los últimos años han caído especímenes emblemáticos en algunos de los más emblemáticos parques públicos de Las Palmas, como San Telmo, donde los ocho dragos que desaparecieron lo hicieron, según explica Carlos Suárez, por exceso de riego y presencia de césped alrededor. Hace ocho meses también otro hermoso drago, otra de las joyas de la flora del Archipiélago, fue talado en el más emblemático parque de Las Palmas, el Doramas, sin que, como se acostumbra a hacer en otras ciudades con más cultura medioambiental, los responsables de su cuidado pusiesen un pequeño cartel que explicase a los ciudadanos los motivos por los que un espécimen tan especial desapareció de un lugar principal.

  El caso reciente del arrasado del jardín de la antigua sede de Televisión Española en Canarias, en Ciudad Jardín, para hacer un “ jardín de infancia”, ha sido otro de los durísimos golpes que está sufriendo esta ciudad en muy poco tiempo. Y es que, como tantos edificios históricos, hay ciertos jardines que por su especial significación merecen, como ya se hace, por ejemplo, en Santa Cruz de Tenerife, el máximo grado de protección.

  ¿Cuáles son los árboles singulares y los jardines que desaparecerán próximamente a causa de la desidia, la incultura o la mala praxis? Difícil saberlo, entre otras razones porque, a diferencia de otras ciudades, ésta carece de un catálogo de jardines y otro de árboles singulares que permita velar por ellos.

El doble y el sí mismo

  La necesidad de hacer arte responde a una llamada inquietante de aquello que es otro dentro o fuera de uno mismo. Por eso a tantos artistas les ha atraído la cuestión del doble. En el caso de Jorge Oramas esta figura es un vínculo que une a dos de sus cuadros más extraños: Risco, que muestra a las dos palmeras ahora fenecidas y que ejecutó entre 1932 y 1935, y Dos figuras, pintado por la misma época, que representa a una mujer que mira a otra, a la que no se ve su rostro, y que, por su complexión, vestimenta y corte de pelo parece la misma . En ambas obras la luz solar, que lo baña todo, y la sombra, que nunca es negra en los umbrales de las casas, transmiten la impresión de detención del tiempo. El juego de los dobles incrementa el enigma: una de las palmeras gemelas parece hacer una leve de genuflexión hacia la otra en contraste con la mujer que mira en en actitud inquisitiva a su “sosias”. Pero todo esto, claro, pertenece al dominio de la cultura y, seguramente, a quien le tocaba velar por las palmeras muertas no le interesará nada. Es más, lo más probable es que ese alguien ni siquiera haya fantesado nunca con un doble porque sólo debe tener ojos para sí mismo. M. S. A.