Noticia seleccionada por ADAPA Canarias:

  Interesante artículo que nos brinda Guillermo Morales Matos y que nos invita a una reflexión sobre la situación actual de nuestro paisaje: “…El viejo espacio agrícola, que es uno de los signos identitarios de la estética canaria idealizada por el tipismo, después del mar, los volcanes o el sistema de cumbres, representa toda la historia de la sociedad rural, desde el humilde agricultor hasta el latifundista. Es el eje vertebrador de los iconos más perdurables de la estética archipielágica, ya que el ojo identifica nítidamente distintas referencias graduales que le permiten desplazarse desde la placidez de la naturaleza dominada y adaptada, con la omnipresente casa rural, hasta las lejanas cumbres, agrestes e inaccesibles en el segundo plano del cuadro…”. 

MORALES MATOS, Guillermo: La Provincia. Diario Las Palmas. “El descoyuntamiento del paisaje rural”. Opinión. El análisis.  http://www.laprovincia.es/opinion/2016/11/04/descoyuntamiento-paisaje-rural/877554.html.  04/11/2016. Referenciado: 08/11/2016.

“¡Comprad tierra, ya no se fabrica!” (Mark Twain)

  En mayor o menor medida, el paisaje rural de las Islas se está descoyuntando. Hoy existe como zona ruinosa de tierras apenas cultivadas y, si acaso, sobreviven destinadas a una producción agrícola subsidiaria o en los invernaderos como asiento de la agricultura de exportación. El esfuerzo realizado por el campesino canario para adaptar la orografía a las necesidades del cultivo, iniciado por los pobladores prehispánicos, y continuado hasta hace medio siglo, permanece como signo de identidad valorado únicamente desde la historia económica, o la geografía, recreado en la literatura o la pintura, y conservado en algunos documentales que han intentado simbolizar la fenomenología del campo canario, en especial lo antropológico y sociológico (Tenderete,Senderos canarios, mercadotecnia turística…).

senon

  Actualmente, el paisaje rural de Canarias, con su complejo mapa de bancales, terrazas, muros exquisitos, senderos rurales, sistemas de canalización de aguas, es un espacio baldío, inútil para el absentista detentador de tierras, que no lo cultiva por la caída de la agricultura, y excitante para constructores, promotores inmobiliarios y algunos alcaldes, que lo miman, sobre todo si se encuentra en los bordes de los núcleos de población o en las nuevas encrucijadas de comunicación terrestre, o al lado de un recurso natural en expectativa de reclasificación urbanística. El viejo espacio agrícola, que es uno de los signos identitarios de la estética canaria idealizada por el tipismo, después del mar, los volcanes o el sistema de cumbres, representa toda la historia de la sociedad rural, desde el humilde agricultor hasta el latifundista. Es el eje vertebrador de los iconos más perdurables de la estética archipielágica, ya que el ojo identifica nítidamente distintas referencias graduales que le permiten desplazarse desde la placidez de la naturaleza dominada y adaptada, con la omnipresente casa rural, hasta las lejanas cumbres, agrestes e inaccesibles en el segundo plano del cuadro.

  El fenómeno de esta iconografía paisajística está de espaldas a lo que podríamos denominar la realidad en conjunto del territorio de las medianías, donde la tierra ha perdido su valor esencialista en la economía tradicional, y también su importancia en las transmisiones patrimoniales de padres a hijos, que garantizaban el sustento y la posesión durante siglos. Mientras que todas las clases sociales demandan iconos tradicionales arraigados en una armonía de esfuerzos perfeccionada secularmente, la casa, al soslayo de la tierra fértil, con su cubierta a dos aguas, construcción de piedra y revocado de cal, quizás rodeada de una pequeña huerta o una pobre arboleda con o sin palmera canaria, los terratenientes rurales cuyo suelo es aún rigurosamente rústico para el catastro, se olvidan de que realmente lo poseen y sólo le dan importancia en función de su valor transaccional. La segunda residencia, oscuro objeto del deseo en la polis saturada y desarticulada de las áreas metropolitanas, se ha convertido en la fuerza que alimenta la dinámica de recuperación del viejo espacio rural tradicional. Recuperación en aras de una urbanización del suelo rural, de un ajardinamiento de un espacio antaño sobriamente definido por la costumbre de un uso fundado en una praxis articuladora de toda la economía familiar en su acepción más helénica, la ley que gobierna el uso de los recursos y que establece cómo el hombre productor puede actuar en términos de una equilibrada razón al interactuar con la naturaleza.

  El nuevo propietario de la ansiada finca rural llevará a ella conceptos subjetivos de la residencia placentera, al margen de la cotidianidad urbana regida por el deber y el esfuerzo. Tal idea de ocio y placer determinará inconscientemente la nueva masa vegetal que se conceptúe idónea para repoblar lo que ha sido un espacio baldío en los últimos años. Arbustos exóticos venidos de África, América o Asia, plantas hibridadas en vivero, especies florísticas inexistentes en Canarias, sin considerar el estilo arquitectónico de la nueva casa, que pasa desde la respetuosa reconstrucción de la vivienda original a las más aberrantes síntesis de estilos, pasando por la casa cajón que cada vez con más estridencia van aniquilando la identidad del campo canario tradicional.

  Hemos pasado de una separación nítida entre lo urbano y rural a un espacio desorganizado, difuso, en el que las tradicionales áreas metropolitanas de las dos islas capitalinas tienen como límites aureolares al perímetro costero. Igualmente, en Lanzarote y Fuerteventura, la polinucleación urbana está dejando paso a una onda expansiva metropolitana que se ha apoderado de ambas islas. Solo La Palma, La Gomera y El Hierro mantienen cierto equilibrio, pero con tendencias negativas en su crecimiento que deben corregirse y no alentarlas.

  Los alcaldes de los municipios marcadamente agrarios, que sólo superficial o interesadamente hablan de la “conservación paisajística”, barajan mientras tanto Parques Temáticos, mentan el Turismo Rural, concepto que exige la defensa irrenunciable de nuestro ya ruinoso paisaje natural y rural, y no logran cambiar la reinante actitud negativa hacia nuestros espacios rurales “inútiles”. El alcalde contemporáneo tiene una bisoña interpretación del agro tradicional. En parte esto se debe al hecho de que su atención política está centrada casi exclusivamente en los fenómenos posrurales de su término municipal. Pretenden para sus pueblos un crecimiento urbano, pues lo identifican con el progreso más serio y sustancioso que se traduce en presupuestos importantes, mientras que la recuperación del campo se antoja como algo misterioso, vago, que puede dejarse en manos de las ayudas comunitarias (Leader, Feder, Future, Adapt…), si es que vuelven a implementarse, cosa que dudo. El alcalde rural es un tecnócrata advenedizo de lo rururbano, cada vez más aficionado a los estilos políticos de las grandes ciudades, a la promoción característicamente urbana de los asuntos municipales.

  En apariencia, los munícipes no pueden estar abiertamente contra el campo; al contrario, se muestran esporádicamente paladines de los problemas agrícolas, ecologistas cuando se tercia, e incluso senderistas. No se sugiere aquí que los ediles odien el medio rural que les ha dado vida e identidad. Lo que sí debe recalcarse es su no dedicación al campo como sistema vital de la vida municipal, sin una visión renovadora que realmente intente subsanar su desaparición. Como ya la agricultura no es rentable, vamos a acabar con ella y con sus formas heredadas. Los canarios estamos condenados a un proceso económico de destrucción de lo viejo, muchas veces vinculado interesadamente a nuestras penurias como pueblo agrícola, para la creación de lo nuevo, el modelo económico estándar, más atractivo para los partidarios del pronto beneficio.

  ¿Cómo incentivar a miles de propietarios a que cuiden sus terrenos parcial o totalmente abandonados, reparando los muros, quitando las malas hierbas, luchando contra especies invasoras, evitando la pérdida de suelos fértiles? Sólo una intervención conjunta de la Unión Europea y del Gobierno de Canarias puede poner en marcha el tipo de recursos necesarios para tal restauración a tamaña escala. El principal problema, no obstante, somos nosotros, pues no tenemos la sensibilidad correcta para la protección de lo que es nuestro, de todos los que vivimos en Canarias. Quizás el campo morirá, y lo que surja en su lugar sea una alfombra variopinta de naturaleza autóctona canaria que hay luego que proteger, o senderos restaurados para el excursionista, o trechos de acequia conservados como testimonio de un antiguo esplendor e ingenio agrícola o, en suma, un mapa anodino donde el intervencionismo oficial se mezcla, e incluso coincide con la subjetividad del campo codiciado por el urbanícola más depredador.

  En suma, parece evidente que la agricultura como motor de desarrollo regional ha periclitado en favor del avance del turismo, pero también es verdad que se ha hecho consumiendo mucho más suelo del necesario, a pesar de la moratoria turística aún vigente. También hay que tener en cuenta que muchas haciendas municipales canarias siguen siendo alimentadas por el sector de actividad turística y por los ingresos en concepto de tasas de edificación.

  ¿Será la nueva Ley de Suelo de Canarias la solución a los problemas antes citados? Tal como está formulada, no es el mejor documento. Y ello por no atender adecuadamente a la dialéctica Utilización-Preservación del Suelo Rústico (que incluye los espacios rural y natural), de modo que éstos mejoren, mejorando la calidad y no tanto, la cantidad del uso turístico. A tal efecto, se debería ser más cuidadoso con los asentamientos agrícolas, aquilatar mejor las categorías de Suelo Rústico, no incorporar mecanismos de compensación similares a los suelos Urbano y Urbanizable, justificar mejor el calado de esta Ley, realizar un diagnóstico más fino de aquel suelo en el que más se interviene, pues los mecanismos que actúan sobre Suelo Urbanizado tienen más jurisprudencia, no mezclar los suelos ya declarados por su valor natural con los agrícolas, eliminar la noción de residual para algunos suelos, por su connotación negativa, y un largo etcétera que cansaría a los lectores de estas observaciones.

  Aprobar esta Ley de Suelo de Canarias en sede parlamentaria sería un paso atrás en la mejora y ordenación del medio rural, pero aplicarla sin más en sus 88 municipios sería un enorme dislate, de consecuencias irreparables. Los más débiles en sus oficinas técnicas municipales se tendrían que poner en manos de sus cabildos correspondientes, y los más fuertes podrían caer en una opacidad igualmente insostenible. En un país como España, cuyas comunidades autónomas han recibido casi todas las competencias en materia de legislación y gestión urbanísticas, Canarias será la primera que eleve a la categoría de primus inter pares a todos y cada uno de sus ayuntamientos. ¡Como si fueran iguales los ayuntamientos mal dotados en recursos humanos y técnicos con los muy bien pertrechados, como Las Palmas de Gran Canaria, Santa Cruz de Tenerife, La Laguna, San Bartolomé de Tirajana, Agüimes, Santa Lucía de Tirajana, Adeje, o Santa Cruz de La Palma, por poner algunos ejemplos que me resultan conocidos.

  Por cierto, ¿La nueva Ley del Suelo reducirá la burocracia y la inseguridad jurídica?

(*) Universidad Carlos III de Madrid