RODRÍGUEZ, Rosa: “Los pinos gordos de la Caldera”. La Palma. Santa Cruz de Tenerife.  28/03/2017. Referenciado: 28/03/2017.

Entrar a la Caldera de Taburiente es una experiencia que no debería perderse quien visite La Palma. A la vegetación, las montañas y el sonido del agua corriendo por el único barranco de Canarias que tiene caudal todo el año se suma desde la pasada semana un nuevo sendero, el de Los nueve pinos gordos, un recorrido interior que muestra ejemplares «soberbios»..

  Llegar hasta el fondo de la Caldera de Taburiente tiene muchos alicientes, entre ellos, el poder disfrutar de la playa que se ha formado en el mismo riachuelo, subir hasta el Hoyo Verde o bajar por el barranco de Las Angustia hasta la Cascada de Colores. Y desde la semana pasada se ha sumado un atractivo más, el sendero de Los nueve pinos gordos, un pequeño recorrido de algo más de 600 metros de longitud de ida, y otros tantos de vuelta, en el que los responsables del Parque Nacional llevaban tiempo trabajando y que el miércoles pasado se abrió al público.

«Hace meses que se propuso en el patronato del Parque Nacional y nos pareció una buena idea», explica Ángel Palomares, director-conservador de la Caldera de Taburiente. «Nosotros ya teníamos localizados esos pinos tan gordos en una zona repoblada próxima a las casas de La Caldera y nos pusimos manos a la obra en la creación del sendero», apunta mientras recuerda que cuando él llegó a La Palma para hacerse cargo del parque «esa zona estaba repoblada con pinos exóticos que se eliminaron para poner canarios».

Los pequeños pinos que se plantaron entonces «ya miden más de 15 metros de altura», pero por encima de ellos sobresalen otros centenarios, gordos y «soberbios», que han servido de hilo conductor para crear el nuevo sendero.

Pero los pinos gordos no sólo tienen unos troncos descomunales, sino que con el paso de los años sus ramas han crecido de manera diferente al resto de este tipo de árboles y han adquirido unas formas impresionantes, en forma de candelabro pero muy abiertas y divididas ya desde abajo. Ángel Palomares está convencido de que tanto en el tamaño de estos nueve ejemplares, «aunque hay más», como en la forma de sus ramas ha tenido mucho que ver que están en una zona donde hasta los años 50 del siglo pasado se cultivaba y, por tanto, los pinos que permanecieron allí «no tenían competencia». Además, recuerda que esa zona se llama el Llano de las vacas, con lo que seguramente los animales también mordisquearan las ramas ahora tan grandes y ramificadas.