El asunto de las pintadas -o “graffitis” como se dice ahora- suele ser objeto de discusión
por si se tratara de muestras de arte callejero que hay que permitir en su libre
expresión o si fueran simples garabatos o machangadas que tratan de vandalizar o ensuciar las paredes y muros de la ciudad por el placer de unos gamberros. Claro que siempre puede aplicarse un criterio estético con sentido común para saber distinguir lo uno de lo otro: nadie dudaría de que el grafitero inglés Banksy es un artista como la copa de un pino que embellece y anima cuanto toca con sus sprais. Por aquí tenemos muestras también de
buenos grafiteros que rellenan con gracia y gusto paredes de obras. El mismo Manolo Padorno
grafiteó paredes medianeras ciegas en el paseo de Las Canteras con su habitual sentido poético y el oficio que tenía. Y con mas o menos oficio, tenemos algunas muestras
más en nuestra ciudad que, por lo menos, no ofenden a nadie ni vandalizan edificios.

Lo que sí ofende son esas firmas gigantescas y presuntuosas que emborronan cualquier pared, cualquier valla, cualquier muro sin el más mínimo sentido. “El nombre de los tontos en cualquier
parte está escrito”, decíamos en mi juventud siempre que algún acomplejado del grupo quería dejar su firma en cualquier sitio al que llegábamos de excursión o de viaje. Allí iba el tontaina a dejar su firma con un “Pepito estuvo aquí”, arañando con su navajita o su lapiz, ya fuera un árbol, una pared o acaso una escultura de museo para darse el pisto de dejar el testimonio
de lo importante que era por haber estado allí. Pues algo parecido le debe suceder al tal Saker: decir que ha estado allí simplemente.
¿Y?

El mismo Manolo Padorno grafiteó
paredes medianeras ciegas en el paseo de Las Canteras con su habitual sentido poético y el oficio que tenía

Me acuerdo de la época final del franquismo cuando mpezaban las calles a llenarse de pintadas (en la misma época empezó el “destape”). Los grafiteros pugnaban por dejar mensajes en las paredes cual más ocurrente o irreverente.
¿Quién de mi generación no se acuerda de aquella repetida “Que paren el mundo que me bajo” o la copiada del Mayo francés “Debajo de los adoquines está la playa” o las de contenido político tanto de un signo como de otro; o las amorosas pidiendo citas o declarándose.
Recuerdo que en Madrid era tal la proliferación de pintadas que el Ayuntamiento sacó unos
carteles advirtiendo – amablemente- por toda la villa: “Lo que quieras decir, dilo limpiamente; no ensucies tu ciudad”. A lo que algún grafitero contestó encima: “Si no me dejáis, cabrones”. Como respuesta la Alcaldía habilitó una serie de espacios para que se explayaran los grafiteros. Pero estos prefirieron los sitios de siempre por aquello de seguir de outsiders con sus mensajes políticamente incorrectos.
¿Pero qué mensaje quieren darnos gentes como el Saker nuestro? ¿Que él estuvo allí? ¿Que
él, machote de pro, se puede encaramar en cualquier muro para ensuciarlo y vandalizarlo a gusto? ¿Que tiene el poder de emporcar y arruinar cualquier superficie impunemente? ¿Que se va a hacer famoso por estampar esa pomposa escritura que solo dice su nombre -o apodo-? ¿Que la gente va a admirar su firma como si fuera la de un potentado firmando cheques? Pero ¿y no se le ha ocurrido pensar que muchos lo que pensaremos es aquello de que “el nombre de los tontos en todas partes está escrito”?