Está situado en el valle del río Lozoya y crece a una altura de 1.650 metros

‘Los árboles de la vida’, por Raúl del Pozo

Si los árboles oyesen, este ejemplar podría haber escuchado los ecos de unas lejanas voces que decían: Bene posuit regulas (colocad bien las baldosas), o esta otra, bastante más inquietante para él: Haec ligna secare! (¡cortad esos árboles!). Las dijeron los romanos hace dos milenios cuando construían la calzada romana de la Fuenfría. Hablamos del Tejo, con mayúscula por respeto a su senectud, del arroyo de Barondillo, ejemplar arbóreo que según algunas fuentes tiene eso, más de dos mil años de edad.

Otros estudios rebajan su edad a unos no menos impresionantes 1.200 años, lo que, en cualquiera de los casos, hace posible que nos encontremos ante el ser vivo más antiguo de España. De donde sin duda es el más viejo de la región de Madrid. Como es tendencia de los tejos (Taxus baccata) crece a una altura de 1.650 metros junto con otros colegas casi tan añosos como él, al arrimo del citado arroyo, afluente del río Lozoya que nace en el último rincón de la ladera norte de la Cuerda Larga, en el término de Rascafría y dentro del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

Árbol sagrado para multitud de pueblos, los tejos eran, son, símbolo de la vida por su longevidad. También lo son de la muerte, debido al contenido venenoso de algunas de sus partes. Por ello, a ningún pastor se le ocurriría dar una cabezada bajo su umbría sombra y en muchos lugares de España se plantaron junto o en los cementerios.

Subir a lo alto de la sierra y contemplar a este titán del tiempo es un ejercicio emocionante. Ejercicio porque para alcanzar el lugar donde crece hay una caminata de un par de horas largas; emocionante, porque al pasear la vista por su torturado tronco se lee todo el tiempo que lleva agarrado a la vida. Con un perímetro detronco cercano a los 10 metros, presenta una superficie irregular en extremo, con abundantes oquedades, la mayor de ellas de tres metros de diámetro, que le deja hueco en gran parte de su leñosa corpulencia.

No es muy alto y su figura es más bien contrahecha. Lógico para un compadre de Cronos, dios del tiempo, aunque mucho han influido las extremas circunstancias de donde vive, la alta montaña, patria de ventiscas extremas, heladas vehementes y nevazos sin cuento. Aún con todo, alcanza 8 metros de altura y sus ramas desiguales se extienden en una superficie de 15 metros en su lado más ancho.

El ciprés calvo de El Retiro

Del campo a la ciudad. Si el más viejo es un árbol montaraz, el más hermoso es urbanista. No es otro que el ciprés calvo del Retiro. No alcanza la vetustez del Tejo de Barondillo, pues ‘sólo’ cuenta con poco menos de 400 años de vida, aunque esto le permite ser el más viejo de la capital.

Se trata de un ahuehuete, nombre que en la lengua náhuatl de su México natal significa ‘árbol viejo de agua’, aunque su nombre científico es diferente: Taxodium mucronatum. Su nombre vulgar se debe a la rareza de ser una de las escasas coníferas que pierden las hojas en invierno. Es precisamente a finales del otoño, cuando este árbol luce más espectacular, con todas las hojas de color anaranjado.

Se alza en los jardines del Parterre, la parte más afrancesada del Retiro, justo enfrente del Casón del Buen Retiro y junto a la puerta de Felipe IV. Se desconoce cuando fue plantado, resultando infundada la leyenda que asegura que fue con unas semillas traídas a comienzos del siglo XVI, en los tiempos de la conquista de México, de donde es originaria la especie. Sí que parece ser uno de los primeros árboles que se plantaron en el Retiro, al poco de su creación, hacia el 1630.

Son los ahuehuetes árboles de aficiones históricas. Bajo un pariente de este gigante madrileño, en la localidad mexicana de Tacuba, Hernán Cortés derramó sus más amargas lágrimas tras la infausta ‘Noche Triste’, cuando el 30 de junio de 1520 los aztecas diezmaron a su ejército, expulsándoles de Tenochtitlán. De nuevo la historia esta vez se posó sobre el ahuehuete del Retiro, aunque de manera más bárbara e infame.

Durante la Guerra de la Independencia, los franceses se acuartelaron en el Retiro y aparte de destrozarlo, talando la mayor parte del arbolado y destruyendo la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro -para evitar su competencia con la de Sevres-, en las ramas más gruesas de este ciprés amartillaron una pieza de artillería con la que bombardeaban a los insurgentes madrileños. Eso le salvó de la tala.

Recuperado ya de la barbarie gala, nuestro ahuehuete es el capitán general de los 21.000 árboles que viven a su alrededor en el gran parque madrileño. Ha sobrevivido a atentados descerebrados capaces de sembrar sal entre sus raíces, a ceremonias de brujería y a obras sin tino en los jardines que lo rodean. La altura de este árbol alcanza 40 metros, teniendo una circunferencia en la base del tronco de seis metros, pero lo más espectacular es la desmesura de su copa. Las ramas adoptan forma de candelabro que alcanza un diámetro de 25 metros.