Gran Canaria

Análisis | Campaña de embellecimiento de carreteras en los años 50

Entre 1949 y 1954, el Cabildo dio premios de 500 pesetas al trabajador José
Castellano Hernández por el modo en que cuidaba su tramo de carretera. Hoy,
los bulevares arbolados deberían formar parte de medidas compensatorias.

 

 

“Estamos en plena batalla de las flores. Vamos a empezar en noviembre próximo la batalla de los árboles. En cualquier sitio de las orillas de nuestras carreteras y cuando allí no pueda ser en lugares próximos a ella, hay que plantar un árbol, que junto a las carreteras no haya un palmo de tierra vacío…” (Matías Vega Guerra, locución a peones camineros premiados, Falange, el 4 de mayo del año 1949).

Recorro otra vez la carretera de Moya hasta Corvo. Observo los altos cipreses, los añejos eucaliptos, los rosales blancos, las enredaderas rojas, los pelargonios colgantes…, y recobran vida de la mano de la historia. No imaginaba que fueran de premio.

Entre 1949 y 1954, el peón caminero de la Junta de Obras Públicas, José Castellano Hernández -Pepe El Caminero, del que me hablaba mi padre- recibió de manos de Matias Vega Guerra, presidente del Cabildo Insular, premios de 500 pesetas, por el modo en que cuidaba su tramo o legua de carretera, desde el km 4, muy cercano al puente Cho Reyes, y el km 8 ya pasado Corvo, cerca de El Caiderillo. En años posteriores, otros compañeros (Juan Betancor, José Espino) continuaron su labor hasta más allá de Fontanales recibiendo iguales agasajos.

Con su silenciosa presencia verde, más de 70 años de vida vegetal nos contemplan y nos cobijan, dan sombra y regalan belleza desde su dosel, creando este bulevar arbolado, esta Galicia canaria.

Los miro ahora con ojos diferentes. Crecimos a su sombra. Jugué con mis amigos de infancia entre su rugosas raíces, subíamos a través de sus ramas a lo mas alto buscando nidos. En los tiempos de sur y de oeste, levantiscos, asustaban sus gemidos al viento. Mi padre los temía, sobre todo a aquellos cercanos a la casa, cuyo riesgo de caída podría alcanzarnos un día.

Ahora cobran otro valor. La historia me trae a la luz sus orígenes. De la mano de un peón caminero, producto de una campaña de embellecimiento de nuestras vías insulares propiciada por el Cabildo Insular para propiciar el turismo interior, este tramo de carretera se cubrió de árboles y plantas que le dieron fama entre los paseantes urbanos y hoy en día es una ruta florida casi todo el año, con tramos coloridos estacionales, reminiscencias de paisajes europeos, y floridos rincones primaverales que enmarcan al antiguo paisaje arbóreo de Doramas.
Pero no es el único. Por toda la isla, el premio al esfuerzo de hombres como fue Pepe el Caminero, que se ocuparon de levantar del barro al cielo hileras forestales, adaptándose
a sus diferentes peculiaridades climáticas (cipreses variados, tarajales, algarroberos, falsos pimenteros, pinos marinos en las rutas de la costa y litorales; castaños, álamos, chopos, plátanos de Líbano, eucaliptos en las rutas de las medianías) y de recrear setos de pitas, tuneras, pencas habaneras, geranios, plumbagos, aligustres, flores de pascua, adelfas, brillantes, tecomas e hibiscos, ganaron una batalla de las flores, una batalla de los árboles, de la que hoy debemos enorgullecernos al dejarnos estas huellas verdes para nuestro futuro.

“No es mala idea incluir la preservación de los bulevares verdes en el plan del Paces”

Sé que muchos tramos arbolados han caído a causa del desarrollo urbano -cuando podrían haberse convertido en verdaderos bulevares- y seguirán cayendo por mor de una ampliación de carriles, sustitución por especies autóctonas o cualquier otra iniciativa administrativa o particular.

Ahora que tanto se habla de mitigar la huella de carbono, de frenar el progresivo cambio climático, estos bulevares arbolados, con un potencial de absorción de CO2 de lo más elevado, deberían formar parte de las medidas compensatorias que nuestras obras provocan en el medio
natural. Allí donde sobrevivan, me seguirá emocionando el resultado feliz de aquellas batallas por las flores y los árboles que inició aquel preclaro presidente insular Matías Vega Guerra.

Moya, junto con otros municipios insulares, forma parte de la iniciativa europea Paces (Pacto de los Alcaldes por el Clima y la Energía). No es mala idea incluir la preservación de estos bulevares verdes entre las medidas de sus planes de acción. Si caen a lo largo de toda la isla
trozos de floresta casi centenaria, similares al que adorna la carretera entre Moya y Fontanales, lo lamentaremos todos.
Deberían recibir de nuevo otro premio a su supervivencia.