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Adapa Canarias

Defensa del Arbol y Paisaje de Gran Canaria

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Opinion

Uno nunca sabe cuál es su misión en la vida. A lo mejor solo llegamos aquí para cuidar un perro o regar unos geranios, o para educar a un niño con los valores que puedan cambiar el mundo dentro de unos años. Nos planteamos sueños casi irrealizables, cumplimos horarios, aprobamos exámenes y pagamos impuestos. En los obituarios se recogen los logros profesionales y académicos, pero casi nadie habla de lo que parece que no tiene importancia, de esos gestos cotidianos que a veces son los que dan más sentido a nuestra existencia. Hace unos días leí en los periódicos que había fallecido un señor llamado Juan Jiménez Martín. Hablaban de él como gran profesor y como hombre destacado dentro de la historia del atletismo en Gran Canaria. Estaba su foto. Fue entonces cuando lo reconocí. Ese señor era el que yo llevaba viendo desde hacía muchos años cómo regaba y cuidaba los árboles de la calle Perdomo. También coincidíamos algunas veces comprando comida en un establecimiento cercano a su casa. Su casa está en esa misma calle, la reconocerán porque su balcón parece una especie de selva tropical en medio del cemento y el asfalto.
Los árboles de la calle Perdomo, en el tramo que discurre entre Triana y Viera y Clavijo, no son unos árboles cualquiera. Gracias a los cuidados de Juan Jiménez son posiblemente de los más grandes, frondosos y llamativos de Las Palmas de Gran Canaria. Esos árboles ya están echando de menos a quien les ayudó a crecer tan alto. Ahora los riegan los empleados del ayuntamiento, pero todos sabemos que en la vida, sobre todo en los primeros años, uno crece o se desarrolla con más fuerza y confianza si encuentra a su lado una mano amiga que ayude sin pedir nada a cambio. Juan Jiménez era feliz contemplando la belleza de esos árboles que estos días dejan caer más hojas de la cuenta. Todos creen que esas hojas caídas tienen que ver con los ciclos de la naturaleza; pero cada una de ellas es una especie de lágrima que esos enormes árboles dejan caer al suelo desde el que tantas veces les regaba aquel señor con gafas que miraba más hacia sus copas y hacia sus ramas que hacia la gente. Ya sé que no es noticia que un señor cuide de unos árboles, pero esa calle no sería la que ahora es si cada noche, cuando ya casi no paseaba nadie, no hubiera bajado aquel señor con un balde lleno de agua. Nunca me paré a hablar con él. Temía interrumpirle en su conversación silenciosa con algunos de esos árboles que ahora conservan el tacto de sus manos o la admiración de su mirada cuando veía que rebrotaba una rama que parecía muerta para siempre. Juan Jiménez Martín rebrota ahora en cada una de las ramas de esos árboles de la calle Perdomo. No pasen nunca más de largo junto a ellos. Acuérdense siempre de que hubo alguien empeñado en embellecer el recorrido de cada uno de nuestros pasos.

 

MARTÍNEZ BOIX, Tomás y SAGASTA, Julio: “Un palmeral entendido como un jardín”. Opinión. http://www.diarioinformacion.com/opinion/2017/04/01/palmeral-entendido-jardin/1878580.html.  03/04/2017. Referenciado: 25/04/2017.

Un jardín es una evocación del cosmos desde la perspectiva de una cultura paisajista. Podemos decir que el jardín es una expresión cultural que refleja una cierta visión del mundo a través del paisaje. Los paisajes son creados por cualquier cultura; los jardines solo por las culturas capaces de meditar sobre la esencia del paisaje. Diré de entrada que nuestra cultura clásica no fue paisajista y se admiró del descubrimiento del paisaje y de la jardinería ante la cultura China, allá por el siglo XVIII.

En nuestra ciudad existe uno de los paisajes más sugerentes del país: el Palmeral. Este resulta ser un espacio agrícola que ha perdido su funcionalidad y que ha permanecido fosilizado dentro de la ciudad. Hay que decir que el paisaje normalmente no lo elabora el jardinero o el paisajista, es fruto del trabajo del hombre común que al explotar la naturaleza genera un nuevo entorno a veces de belleza extraordinaria. Los economistas llaman a estos procesos «externalidades». Son componentes que se derivan de un proceso productivo pero que no son su finalidad ni influyen en él. Decimos así, que el paisaje del palmeral ha sido creado por el agricultor en su afán de explotar la tierra; pero necesita de un espectador capaz de apreciar su calidad estética. Hace falta por tanto en el desarrollo del paisaje dos personas: el productor del paisaje, que no precisa ser consciente de su obra; y el «contemplador», que necesita capacidad estética para apreciar y valorar lo que percibe.

Puede suceder que una vez acabada la cultura que genera el paisaje, como sucede en Elche, se siga manteniendo una alta valoración estética del mismo. En estos casos es común encaminarse hacia lo que podemos denominar un paisaje en ruinas. El paisaje deja de ser mantenido por sus creadores originales y se degrada. Hay que decir además que la gestión de los paisajes en ruinas no es sencilla. En nuestro caso, en el Palmeral, entiendo que se nos presentan dos soluciones para su conservación: o mantener una agricultura ligada a satisfacer unos deseos más culturales que económicos o plantear la ejecución de un jardín. La primera solución nos lleva a intentar generar una agricultura de ocio, más próxima a la horticultura que a la verdadera explotación agraria. Se trataría de un proceso similar a los «huertos urbanos» que en muchas ciudades han dado un magnífico resultado. La segunda opción nos lleva a plantearnos la creación de un autentico jardín. Y ese jardín entiendo debe ser una remembranza de aquel paisaje generado por el trabajo del hombre ante la tierra.

Veamos la protección de los huertos de Elche. La primera declaración de protección del Palmeral se elaboró desde una óptica cultural mediante una declaración de Jardín Artístico asociado a la jardinería árabe. De otro lado, los primeros arquitectos modernos de Elche -aquellos que trabajaron entre los años treinta y sesenta- tuvieron una percepción del Palmeral a través de una jardinería profundamente oriental. El orientalismo fue una ideología básicamente europea que plasmó a través de los relatos románticos una determinada visión del mundo islámico. Y esa visión también se reflejó en la elaboración de jardines orientales. De este modo, la arquitectura y la jardinería de Elche se inspiraron en una ilusión próxima a los jardines del Generalife. Este magnífico jardín se encontraba entonces en reconstrucción de la mano del paisajista Javier de Winthuysen. Si contemplamos las obras realizadas en el parque para la instalación de una Feria Agrícola, (alguien pensó que Elche era fundamentalmente agrícola) y que luego perduraron, tendremos una visión del Palmeral identificada con esa visión oriental.

Continuando el relato de la jardinería ilicitana diremos que en los años sesenta llegó una nueva generación de arquitectos coincidiendo con un profundo crecimiento económico en el país y de una manera especial en nuestra ciudad. Estos arquitectos llegaron con una formación profundamente distinta: había sido formada en la lógica del movimiento moderno. Y en jardinería se desplazó ese mundo oriental y neo islámico que predominaba en Elche, hacia una visión exótica y tropical similar a la promovida por el gran paisajista brasileño Burle Marx. Se trataba entonces de aclimatar plantas exóticas y definir una nueva imagen tropical y moderna de nuestro palmeral.

Estas han sido las principales concepciones sobre jardinería de nuestro Palmeral. Hoy, por fin, se está concluyendo el Plan Especial del Palmeral. Y en dicho plan habrá que recuperar algún huerto abandonado. Para ello sería interesante que se intente una jardinería basada en la imagen del cultivo tradicional del huerto. Y para ello, tal vez sea necesario inspirarse en las ideas del poeta y arquitecto ilicitano Gaspar Jaén.

ZABALBEASCOA, Anatsu: El País: “Los edificios-paisaje y los edificios-barrios”. Del tirador a la ciudad. http://elpais.com/elpais/2017/03/02/del_tirador_a_la_ciudad/1488467895_596154.html. 16/03/2017. Referenciado: 20/03/2017.

Como en muchos de los proyectos de los Pritzker 2017, RCR, algunos edificios recientes exploran la tan devoradora como inspiradora relación entre arquitectura y paisaje.

  Hace poco más de un año, un singular proyecto, del que era difícil precisar si era más edificio, barrio, conjunto arquitectónico o paisaje, ganó el primer premio en el concurso para levantar la Galería Nacional de Budapest, en el parque Városliget de la ciudad. El proyecto, de fachada piramidal escalonada y practicable, estaba firmado por el estudio danés Snohetta y llegó hasta el final del concurso de la mano de otra singular propuesta firmada por los japoneses SANAA que, más que un paisaje, recreaba la forma ramificada de un árbol en un espacio protegido en el que, por normativa, la arquitectura no podrá ocupar más del 7% de la superficie del parque.

El caso de la Galería Nacional y el Museo Ludwig de Budapest -que finalmente diseñará SANAA- no era la primera vez en que ambos estudios de arquitectura jugaban con la cada vez más diluida frontera entre edificios y paisaje para construir la identidad de sus proyectos. El estudio de la Premio Pritzker Kazuyo Sejima bautizó como River (rio) un edificio realizado para Grace Farms que, literalmente, discurre como un riachuelo en New Canaan, Connecticut.

  También otro proyecto de Snhohetta, el que idearon para la Ópera de Oslo, ha sido catalogado de edificio paisaje. Y, en la medida en que convierte su suelo en muelles sobre el puerto, ciertamente, excede el papel de mero edificio. Pero tal vez sería más preciso definirlo como un edificio-infraestructura o un edificio-paisaje urbano.

Aunque, de seguir así, una podría preguntarse incluso si las Pirámides de Egipto, o muchos de los templos mayas son edificio o paisaje, lo cierto es que numerosos arquitectos se han esforzado más por difuminar ese límite, entre el contexto y la intervención, que por remarcarlo. El caso más evidente lo protagonizan los proyectistas dispuestos a que la propia naturaleza invada, oculte y hasta camufle su edificio. Sería el caso de la Academia Californiana de las Ciencias que Renzo Piano levantó en San Francisco en 2008. El manto vegetal de ese museo remite a las construcciones tradicionales islandesas literalmente devoradas por el paisaje.

 Sin embargo, de nuevo, otra manera de investigar esa separación o unión fue la desarrollada por el estudio danés BIG (Bjarke Ingels Group) cuando excavó en el paisaje el hueco para su Museo Marítimo Nacional Danés en Helsingor (2013), o cuando apiló en el aire las diagonales capaces de construir su primer rascacielos neoyorquino. Más allá de lograr el edificio que mejor se ve al sobrevolar Manhattan, con West 57 Ingels cuestionó la verticalidad de los rascacielos para proponer un inmueble que recrea un nuevo vecindario (o una nueva isla) y más allá del edificio-paisaje invita a pensar también en el edificio-barrio.

Noticia seleccionada por ADAPA Canarias:

GONZÁLEZ RUANO, J. Luis. Canarias7. “Islas verdes”. Opinión. La Factoría Azul. Las Palmas de Gran Canaria. http://www.canarias7.es/articulo.cfm?Id=455916. 04/03/2017. Referenciado: 05/03/2017.

  Todas las culturas mal llamadas primitivas han venerado la fuerza vital que contiene el legado de los antepasados. Y esa valoración emotiva se ha materializa naturalmente en el culto al paisaje. Por lo tanto, en alguna parte de nosotros, indígenas modernos, debe latir oculta esa creencia generalizada sobre el atractivo de lo salvaje. Tal vez por eso sentimos la necesidad, aunque sea ocasional, de la vida al aire libre.

Sin embargo, renunciamos a esa ancestral cultura ecológica con demasiada facilidad. Por ejemplo, alterando inútilmente nuestros espacios naturales, los reductos agrestes que todavía nos mantienen integrados en la realidad física y emocional del mundo.

Esta es la razón por la que siempre he sido consciente de la importancia que tiene divulgar la fragilidad de nuestros ecosistemas insulares. Y su impresión cultural. Ser islas, islas verdes, nunca derivará de un decreto político. Es una consecuencia evolutiva, más o menos reconocible según nuestra actitud. No hacía falta, por ejemplo, que nadie certificara que un pueblo de la cumbre es de los más bonitos de España para que se abandonase, al menos públicamente, la absurda idea de cablear con la instalación de un teleférico la impresionante belleza de su paisaje de piedra desnuda. La realidad es que su atractivo es el mismo, siempre estuvo ahí.

Hace tiempo que las islas verdes, y todas lo son en un archipiélago con la riqueza botánica del nuestro, han agotado prácticamente su capacidad de crecimiento urbanístico. La nueva economía, al contrario, ha de poner en valor el paisaje sano, la expansión equilibrada que proponen las fuerzas libres de la naturaleza. De modo que también existe un método biológico de progreso, una percepción geopoética del desarrollo humano, más saludable y que arroja un mayor beneficio común. Un impulso que va perfeccionándose en el curso de vidas sucesivas sin destruir la productividad natural, abandonando de paso la irracional tendencia a la similitud global.

Las islas verdes lo son también en la mentalidad de sus habitantes. Una montaña nunca será una obra de arte; su visión en el paisaje es un estímulo para el ritmo de vida de una población creciente en un espacio limitado. Es un legado cultural en sí misma. Tampoco un túnel debe abrir el camino de perdición hacia otra edificación masiva de un enclave costero. Conviene, por lo tanto, reflexionar sobre las nuevas estrategias de desarrollo rural haciendo una lectura orgánica y no perturbadora de nuestra presencia en el paisaje. Dotados de un sentimiento de responsabilidad, comprender y proteger la naturaleza de las islas puede convertirse en una apasionante y fecunda actividad creativa.

VIDANES, Patricia. Canaria7.es: “Más relevancia para Bandama”.  Gran  Canaria. Volcán. http://www.canarias7.es/articulo.cfm?id=447009. Referenciado: 02/01/2017.

   ADAPA Canarias es consciente que Gran Canaria posee grandes iconos paisajísticos y no siempre se les da la consideración que merecen. Uno de estos paisajes emblemáticos es la Caldera de Bandama, la cual ha sido estudiada de forma exhaustiva por el geógrafo Alex Hansen Machín contribuyendo de esta manera al conocimiento y difusión de nuestro patrimonio paisajístico.

caldera

La Caldera de Bandama ha sido uno de los grandes temas de estudio de Álex Hansen, profesor durante años del departamento de Geografía de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, doctor cum laude por su tesis doctoral Volcanología y Geomorfología de la etapa de rejuvenecimiento plio-pleistoceno de Gran Canaria. (Foto: Francisco S./Arcadio S.)

   Hace unos 2.000 años el volcán de Bandama entró en erupción. Hace solo pocos años que expertos vulcanólogos como Álex Hansen han tenido «la certeza de que Bandama nace con nuestra era», marcándose de forma más certera su cronología. Así, «entró en erupción en torno a 1970, más menos 70, antes del presente».

Las fechas son importantes, pero también conocer cómo fue la doble erupción del volcán de Bandama y del que se encontraba situado al borde de la caldera, lo que dio con la depresión de casi un kilómetro que es hoy la Caldera de Bandama. Dice el profesor universitario e investigador Álex Hansen que la erupción fue tan violenta que lo cambió todo, «transformó completamente esta parte de Gran Canaria». Y es que el volcán, «con personalidad propia», encontró agua subterránea en la explosión, «conformándose un maridaje tremendamente explosivo al contacto del magma, a 1.100 grados de temperatura». Ese contacto fue el que hizo al volcán de Bandama diferente, más violento, más explosivo, originando un surtidor piroclástico de más de 5 kilómetros de altura, llegando su acción en horizontal hasta los 8 kilómetros de distancia, llegando la ceniza a cubrir un área de hasta 50 kilómetros cuadrados en torno al volcán.

Tafira, El Monte, La Atalaya, San Roque, El Valle de los Nueve, los volcanes de Rociana, la llanura de Telde hasta La Garita y Gando quedaron cubiertas por la ceniza, de tal manera que «probablemente, por quedarme corto, sea el volcán más explosivo de los últimos 10.000 años, no sólo de Gran Canaria, sino de todo el Archipiélago», dice Hansen.

Y de esa explosión queda el manto de picón que cubre toda la zona, dando lugar al «famosísimo Monte Lentiscal que luego se convertirá en el paisaje del vino por excelencia del siglo XIX». En realidad el volcán de Bandama «nos lo ha dado todo», asegura el profesor. Fue «una erupción global que cambió hace 2.000 años el entorno», y a día de hoy, «sobre volcanes vivimos, ignorantes de ello», y pone como ejemplo la última erupción en 2011 de El Hierro.

Por eso, entre otras cosas, Hansen reclama otro trato para la Caldera de Bandama, su pico, su mirador… Siendo «la mejor atalaya paisajística del nordeste de Gran Canaria, y el primer mirador turístico de la Isla», para Hansen es increíble que «durante los últimos 30 años se haya ignorado» por autoridades y ciudadanía, aún cuando recibe cada año 300.000 visitas.

«Con la modernidad y con la institucionalización de los espacios naturales de Gran Canaria, Bandama quedó olvidada», convirtiéndose en «un simple Paisaje Protegido el entorno, Monumento Natural la Caldera y el Pico de Bandama». Pero donde es «más lamentable y triste el olvido ha sido en las inversiones». Para Hansen, tanto la carretera, como el mirador, como la casa de la cumbre, «se dejaron arruinar». Ahora, pide que se limite la entrada al lugar al tiempo que se mejora el acceso y se equipa la zona con paneles informativos, con un centro de interpretación.

Artículo seleccionado por ADAPA Canarias:

SUÁREZ RODRÍGUEZ, Carlos. La Provincia. Diario de Las Palmas.”Espacios verdes: futuro incierto”. Opinión. 06/12/2016. Referenciado: 09/12/2016. Pág. 7.

espacios-verdes

  Todas la ciudades crecen imponiéndose al paisaje que las acoge. Laderas, valles, barrancos, llanos cultivados, dunas, riscos… se compactan y urbanizan creando un nuevo paisaje dócil y maleable, adaptado a nuestras necesidades básicas. Pero somos sus habitantes, pese a todo, gente rural venidos de territorios agrestes, verdes, fotosintéticos.

  Y siempre quisimos guardar trozos, vestigios de aquel esplendor agreste. Desde el patio interior a las azoteas repletas de macetas, del jardín a la plaza pública, un cordón umbilical nos mantiene ilusionados, unidos a nuestros orígenes. El buen ciudadano también se mira en sus balcones floridos, en sus hibiscos multicolores, en sus macetas medicinales o especieras…

  Pero para el buen ciudadano todo resto del “campo” debe ser aprovechado para ser ciudad, debe ser útil, debe hormigonarse más temprano que tarde. Y esa conciencia cívica de colmatación la asumen sin temor los planificadores, conscientes de que todo solar está en espera de edificarse o de utilización más rentable que el mero “open space” que ahora es.

  Después de todo, las fuerzas vitales que impulsan el desarrollo son prepotentes porque:

  “Los hombres que representan los intereses de la industria, del comercio o el tráfico o de la habitación son emprendedores y poco sensibles. Son hombres de acción y por eso no es de extrañar que todo plan, todo proyecto, ceda ante su voluntad. En cambio, los defensores del campo, del árbol, del paisaje, de la flor, son gentes sencillas, de modesto valor combativo y más propensos a la tierna vaguedad que a la acción,..: ejército pacífico, sin armas ni generales, predestinados seguramente a la derrota…”

  La actitud discriminatoria frente a los espacios verdes se revela muy claramente en el recién tramitado Plan Especial de Protección de Vegueta-Triana, pero no desdibuja el tratamiento de los anteriores planes que el Ayuntamiento de Las Palmas ha aprobado para esta parte de la ciudad atlántica. Se le acusa de haberlos devastado, colmatado, urbanizado… Predominaron siempre otras necesidades como el comercio, el trazado urbano, el viario, el parking, todas exigencias básicas de una ciudad moderna. El despilfarro de espacios verdes no era cosa de admitirla en una ciudad con espíritu emprendedor.

  El último Plan se “cepilla” varios espacios libres dentro de la mallaurbana de Vegueta-Triana, por mal ubicados, inaccesibles, escuetos, entremedianeros, molestos para los residentes… y por ello ordenados con un fin residencial más acorde con un pretendido genius loci urbano. Es el caso del vacío interior, asimilable al de Las Lagunetas, entre las calles Travieso y Arenas.

La actitud discriminatoria frente a los espacios verdes se revela muy claramente en el recién tramitado Plan Especial de Protección de Vegueta-Triana

  Además, de los trece Espacios Libres nominados, tres de ellos se duplican en su función, pudiendo acoger tanto espacio libre como aparcamientos: uno diminuto en la calle Doramas, asegurando así la imposibilidad de crear un espacio de bulevar en la calle Juan de Quesada, impidiendo de paso su peatonalización; otro en la calle Francisco Gourié, cuyo destino se une a los solares de propiedad municipal ya edificados de la antigua Madrileña y solar colindante, destinados a recrear más residencial edificable en un tramo de espacio público donde ningún
jardín permanece.
Y, por último, el más amplio, el único territorio aún posible de ajardinar, un último relicto verde de propiedad municipal frente a un edificio tan emblemático como el antiguo Hospital San Martín, entre las calles Ramón y Cajal y Verdi, donde las buganvillas y  los laureles se resisten a desaparecer. El Pepri actual –como ya lo hizo el Pepri 2001 bajo gobierno del PP- proyecta todo una operación de aparcamientos subterráneos, imprescindible, al parecer, para el buen recuperar del cauce del Guiniguada.

  Muchos parques, jardines y bosques se ofrecen por parte del planeamiento de aquí en adelante, pero nada de la defensa de lo vegetal existente, árboles de muy buen porte y edad y cerradas enredaderas cuyos gruesos troncos son como brazos que parecen querer resistir el ataque del armado hormigón.

  El futuro es algo con lo que los espacios verdes tienen que disponer como elemento activo. Cualquier realización que implique plantación o forestación requiere algo que no necesita la arquitectura, más inmediata y finalista. La proyección de un parque, de un jardín, de un espacio verde requiere transportarse en el tiempo 20 o 30 años adelante para materializarse. Por eso es bueno contar con lo ya construido por la naturaleza y por nuestros ancestros, por eso es bueno integrar a los supervivientes vegetales urbanos, algunos con edades centenarias o cuasi. No vale aquí aquello de “cortar uno y plantar 20” porque falta la dimensión temporal.

  Pero, no nos hagamos aún el harakiri. La prepotencia de los intereses desarrollistas continuará ejerciendo su acción en el futuro. Y a su presión agobiante se unirán otros factores contrarios a los espacios verdes. Ahí tenemos los nefastos efectos de plagas y enfermedades que derriban cientos de palmeras, que afectan a dragos y que continuarán llegando y mermando el verde más emblemático de esta ciudad. No podemos por tanto renunciar a los espacios verdes, es de insensatos amenazar nuestra calidad de vida y la de las generaciones futuras permitiendo que sigan “hormigonándose” los escasos espacios libres potenciales de nuestra ciudad.

  Aprovecho la tarde para reposar al amparo del arbolado aún presente en el Parque de San Telmo. Disfruto de un cálido atardecer previo a la tormenta y, al igual que yo, grupos de góticos adolescentes, jubilados paseando a su perro, turistas de cruceros… se expanden y regocijan a lo largo de este espacio verde. Recupero el sentido del “open space” británico traducido como espacio libre en nuestro urbanismo. Pero me invade la nostalgia tenaz que no quiere creerse que estas divagaciones sobre el tema de los espacios verdes en Las Palmas y más en concreto en el Pepri Vegueta-Triana tengan alguna acogida futura. Pero bueno, lo que sea sonará.

P.D: El título y contenido de este articulo se inspira -y reproduce párrafos- del publicado en 1973, en Cuadernos de Arquitectura y Urbanismo, nº 99, Espacios verdes: futuro incierto, firmado por Nicolau Maria Rubió i Tudurí, arquitecto-jardinero.

Noticia seleccionada por ADAPA Canarias:

La Provincia. Diario Las Palmas. “Ciudadanos insta al pleno a crear un catálogo de la flora capitalina”. Islas. Las Palmas de Gran Canaria. http://www.laprovincia.es/las-palmas/2016/09/27/ciudadanos-insta-pleno-crear-catalogo/865079.html. 26/09/2016. Referenciada: 28/09/2016.

Amador propone dividir las especies en protegidas, singulares y jardines privados

  Ciudadanos (C’s) ha presentado una moción para pedir en el próximo pleno municipal al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria que “elabore un catálogo de la flora existente en el municipio” y le ha instado a que “modifique también la normativa pertinente para poder velar por una correcta protección de la citada flora”.

Así lo ha expuesto el concejal de Ciudadanos (C’s) en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, Javier Amador, quien ha explicado que “es necesario que el catálogo divida la vegetación capitalina en tres grandes grupos”. En este sentido, el edil de C’s ha abogado porque se proteja, por un lado, “las especies catalogadas por el Gobierno de Canarias, por otro, los jardines públicos y privados de especial interés, y por último, los ejemplares de especie no protegidas, pero que son singulares”.

  “Este catálogo y el protocolo para su protección deberían existir desde hace años en el municipio, al igual que sucede ya en otras ciudades españolas”, por lo que “no es culpa sólo de este gobierno el que no se haya hecho nada aún para que la institución proteja la flora de la ciudad”, ha indicado Amador.

  “En Las Palmas de Gran Canaria se caen o son taladas una media de 125 palmeras al año, algunas de las cuales son Phoenix Canariensis“, relata.

Noticia seleccionada por ADAPA Canarias:

A.A.V.V. La Provincia. Diario Las Palmas. “Manifiesto por el patrimonio natural”. Opinión. Pág.: 3. 03/09/2016. Referenciado: 20/09/2016.

Plataforma ciudadana en defensa del Patrimonio natural de Las Palmas de Gran Canaria

  Los árboles y los jardines son algo más que elementos de ornato vegetal de las ciudades. Son componentes fundamentales de las mismas, como los edificios, las calles y las plazas, partes indisociables de las urbes que, con independencia de que su propiedad sea pública o privada, mejoran la calidad del aire para quienes respiran en ellas y contribuyen al bienestar común.

 En la ciudad aún se talan árboles en buen estado de salud que no afectan a la seguridad

  Los abajo firmantes, entidades y ciudadanos en general, observamos con preocupación, que, pese al incremento de la sensibilidad medioambiental y paisajística en las últimas décadas, en Las Palmas de Gran Canaria aún se talan árboles en buen estado de salud que no afectan a la seguridad de las personas y se arrasan hermosos jardines con arraigo en la memoria colectiva. No comprendemos cómo en esta ciudad, cuyo nombre responde a su fundación junto a un palmeral, y que se erige sobre una naturaleza imponente, puedan hacerse todavía intervenciones poco afortunadas que afectan a una de sus mejores cualidades. Es por ello que reclamamos al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria que emprenda una política de protección medioambiental más ambiciosa y que inicie, cuanto antes, la redacción de un catálogo del patrimonio natural de la ciudad, como poseen otras ciudades españolas, que incluya los árboles singulares y los jardines públicos y privados que deben ser objeto del máximo respeto por parte de sus propietarios y del conjunto de la ciudadanía.

Noticia seleccionada por ADAPA Canarias:

PALACIOS, César Javier. 20 Minutos: “El feísmo mata el paisaje”.  Opiniones. Eco. http://www.20minutos.es/opiniones/cesar-javier-palacios-feismo-mata-paisaje-2835640/13/09/2016. Referenciado: 18/09/2016.

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  Ya lo dijo el escritor Paul Theroux: “El turista no sabe dónde ha estado y el viajero no sabe a dónde va”. Pero todos buscamos paisaje allí por donde vamos, ya sea natural, urbano o cultural. Y lo fotografiamos compulsivamente tratando de inmortalizar el momento, haciéndolo nuestro gracias a los selfis, prueba inequívoca de que estuvimos allí, de que como acertadamente señaló Azorín, el paisaje somos nosotros.

Y es que los seres humanos somos cazadores del paisaje

  Porque el paisaje no es un mero concepto estético, geográfico o biológico, aquel terreno que vemos desde un sitio concreto. El paisaje es todo eso y mucho más. Es el alma de la tierra, un complejo producto del tiempo, de la evolución geológica, biológica e histórica de un lugar, de la herencia de nuestros antepasados, pero también de las generaciones futuras. A fin de cuentas, el paisaje es un bellísimo libro abierto repleto de claves sutiles donde se nos revela lo que somos, nuestro propio sentido de la vida adaptado con singularidad extraordinaria a un entorno siempre especial, exclusivo, irrepetible. También nuestro sentimiento particular, esa diferente percepción que cada uno tiene al enfrentarse a la contemplación de un mismo territorio.

Y es que los seres humanos somos cazadores de paisaje. Contemplarlo nos hace felices, pues todo paisaje es emocional o no es nada. Lo sabían como nadie los pintores impresionistas, esos bohemios que a finales del siglo XIX se lanzaron al campo pertrechados de lienzos, paletas y colores con la quimérica misión de inmortalizar el instante. Y vaya si lo consiguieron. Compruébenlo visitando estos días en CaixaForum Madrid la exposición Impresionistas y modernos, las obras maestras de la Phillips Collection. Los paisajes de Manet, Courbet, Sisley, Van Gogh, Degas nos hacen llorar de emoción. Pero muy probablemente, si los buscáramos ahora, si nos pusiéramos en los mismos lugares desde donde estos artistas los inmortalizaron hace más de un siglo, nos echaríamos a llorar. Están destruidos. Han caído bajo el peso del hormigón y el mal gusto.

  Porque el paisaje se está muriendo. Es un ecosistema más en peligro de extinción en el mundo, el más estético pero también el más orgánico, el más frágil, cada día más arrinconado ante la pérdida irreversible del buen gusto, la invasión de las chapuzas, el feísmo de unos y el burrismo de los otros. No tanto en Francia, donde se le protege como elemento fundamental de identificación del país y su cultura, donde el terroir, como ellos lo llaman, es bandera de orgullo y secreto de la calidad de sus vinos y quesos, hijos indiscutibles de la grandeur francesa. O del impecablemente bien cuidado paisaje inglés. La matanza inmisericorde del paisaje la perpetramos diariamente en España, precisamente el país que más debería cuidarlo pues un alto porcentaje de su economía depende de un turismo que acude en masa a su reclamo.

  La matanza inmisericorde del paisaje la perpetramos diariamente en España

  Mi primer profesor de Historia del Arte gustaba coleccionar fotos de atentados al paisaje, ya fueran estos naturales o artísticos. En su particular galería de los horrores abundaban las balaustradas de hormigón, los remiendos de ladrillo, el cablerío imposible y las infames esculturas de rotonda. Ahora el listado es más interminable y horrendo que nunca, con playas de juguete donde antes había roquedos y ciudades de cartón donde antes había playas, eucaliptos en lugar de encinas y robles, autopistas y vías del AVE desangrando territorios vírgenes, tendidos eléctricos descuartizando espacios protegidos, gigantescas naves industriales en pueblos sin industrias, bosques de aerogenerados sobre aldeas deshabitadas o incultos paisajes bastardos a la sombra de palmerales exóticos regados por goteo, flores tropicales y arquitecturas espurias a caballo entre Bali y California. Perdemos paisaje, que es nuestra cultura, y sólo nos damos cuenta de ello cuando vamos a hacer la foto desde un mirador y no hay manera de sacarla sin que se vea esa mierda de torreta.

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