John Graham Killick: El inglés que plantó lentiscos bajo el risco

Primer plano de John Graham

John Graham Killick*

John Graham Killick es un horticultor británico que llegó a Gran Canaria en 1966 atraído por la efervescencia de la producción de tomate en Gran Canaria. Con un contrato en mano trabajó en la comunidad de Los Quintana, en el sur de la isla y, desde entonces, ha estado en la primera fila de la transformación agraria, social y paisajística de la isla durante más de medio siglo. Desembarcó muy joven, recién graduado en Horticultura por la Universidad de Londres, con un caudal de inquietudes, hoy disipadas con su actual labor de restauración ecológica en La Atalaya, Santa Brígida.

En aquellos años de dictadura, con una estructura social muy distinta a la de hoy, recuerda que la pobreza golpeaba con fuerza la isla, con “gente muy humilde que vivía en unas condiciones francamente infrahumanas”. Pero también había gente “con mucho talento que, aunque no tenía cualificación formal, tenía una inteligencia nata”, notable en aquel entonces entre los hombres porque el papel de la mujer estaba totalmente relegado.

Aunque en los años sesenta y setenta la mujer grancanaria estaba socialmente destinada al ámbito doméstico, su vida dominada por normas estrictas de decoro, por la vigilancia del “qué dirán” y por un acceso limitado a la formación formal, el auge del cultivo del tomate, sobre todo en el sur de la isla, abrió una ventana inesperada en ese orden social establecido. La intensidad laboral de la recolección, el empaquetado y la selección en las fincas tomateras demandaba mano de obra constante, y muchas mujeres, inicialmente contratadas en tareas consideradas “menores”, demostraron una destreza, rigor y sentido de responsabilidad que no pasaron desapercibidos. Pronto, algunas fueron asumiendo posiciones de responsabilidad dentro de las estructuras empresariales. No fue un avance impulsado por políticas de igualdad —esas vendrían décadas después—, más bien por una necesidad práctica que reveló, sin estridencias, un talento largo tiempo subestimado.

Era realmente una satisfacción ver despertar ese talento entre esa persona que no tenía confianza en sí misma, pero se despertaba una conciencia al talento que podía tener. Junto con esto, claro, hubo una una transición social muy rápida cuando el papel de la mujer cambiaba totalmente, expresa.

El sur de Gran Canaria era, ante todo, un inmenso paisaje de tomate, recuerda John. Para llegar a la Playa del Inglés la única carretera serpenteaba entre plantaciones que daban otra identidad al territorio, era el nuevo paisaje insular modelado y teñido por los tomateros y que también dictaba los ritmos sociales. La isla era el tomate.

En 1978, John dio un salto a la independencia y decidió tomar dos oportunidades que confluyeron entonces. Por un lado, la necesidad de tecnificar una finca en Valsequillo dedicada a la producción de rosas, y un acuerdo con una firma inglesa interesada en esquejes de crisantemo para su mercado. Así, sin miedo a dejar un trabajo seguro por la incertidumbre, John echó a andar Valle Flor para ser el “autor de mi propio destino”. Finalmente consiguió establecer su propia empresa comercializando esquejes de clavel cuyo mercado estaba en Holanda.

Recuperando La Atalaya

Fundador de Valle Flor S.L. e impulsor de la floricultura moderna en el norte de Gran Canaria a través de Tamaraflor, John ha dejado su huella en lugares como Llano Alegre y Botija, en Gáldar, colaborando estrechamente con familias pioneras del sector. Su trayectoria lo llevó más allá de las islas como asesor internacional, contribuyó al desarrollo de programas de mejora vegetal en la India, Kenia, Uganda y Europa, abriéndose a una experiencia profesional amplia y diversa. Hoy, en la serenidad de sus ochenta y tantos años, ha elegido enraizarse en un proyecto muy personal que lo ancla aún más a esta tierra. Está volcado plantando árboles en su finca, porque para él, el árbol va más allá de ser un cultivo, o un recurso. Es símbolo de resiliencia, de pertenencia… y, sobre todo, de amor por el lugar que eligió hacer suyo.

Es septiembre y a esta entrevista nos acompaña Miguel, un gran amigo de John que ha tomado como propio este nuevo hacer. Es un punto de apoyo para John y se ha volcado en ayudar a cambiarle el rostro a esta finca de cinco hectáreas, que se encontraba en estado de abandono. Este terreno hasta hace poco estaba invadido por especies alóctonas, que han desaparecido gracias a un proyecto desinteresado en colaboración con la Fundación Foresta. Junto a la finca, una casa canaria restaurada con esmero protagoniza la entrada.

“Este proyecto ya lleva unos tres o cuatro años y hemos plantado unos 400 árboles de distintos tipos. Ojalá llueva este año porque han sido cuatro años de escasez de agua, sinceramente, pero la idea es dejar el terreno en un estado mejor de lo que lo encontramos. Y también para que pueda servir como un pequeño ejemplo de lo que es posible hacer desinteresadamente. Yo creo que vale la pena”, afirma.

No todo se convierte en beneficio financiero, hay grandes beneficios, digamos, morales y de ejemplo para la gente joven e intercambiar conocimientos de la naturaleza, porque cada vez la gente tiende a quedarse más lejos.

Reforestar con lentisco, acebuche y almácigo -las tres especies más resistentes, afirma-, aprender de los fracasos de la sequía; abrir espacio al pino canario donde la naturaleza misma lo sugiere; y, sobre todo, dejar una huella ética que derive en mejorar el paisaje para devolverle dignidad, resumen la filosofía de este nuevo emprendimiento.

Su inglés se entrelaza con un español canario, suave, pero también cultivado. Se sienta en un banco puesto a discreción bajo un árbol frondoso que da sombra. Frente a él, más allá del jardín se extiende la parcela que hasta hace poco, era un paisaje lleno de maleza. Cardones invasores, higueras bravas, retamas que crecían sin rumbo. Hoy, entre las rocas y el suelo árido, emergen esas 400 promesas verdes en las que la palmera también ocupa un lugar. Un nuevo paisaje auténtico, canario ha asomado.

Cuenta cómo, al principio, probaron el barbusano. Cómo algunos ejemplares resisten, sí, pero sólo allí donde, milagrosamente, el agua del risco se filtra y forma un microclima muy particular. Cómo otros se van secando lentamente, como si dijeran ‘esto no es para mí’. Y en vez de insistir, John asiente. No hay derrota en retirar una planta que no quiere vivir allí. Hay mucha observación, escucha del suelo, respeto. En definitiva conexión con la naturaleza. No es un bosque. Ni pretende serlo. Es un gesto. Un acto de fe en lo posible.

Lo curioso es que en su jardín el pino canario crece con una fuerza que asombra. No es nativo de esta altitud ni orientación, y sin embargo, allí está, erguido, con su copa abierta al sol, como si dijera déjenme intentarlo. John no parece asombrarse al verlo. Más bien lo celebra como posibilidad. Porque el futuro no se construye con lo que debería ser, sino con lo que puede ser.

Yo creo que en este mundo la equivocación es el capital principal que tiene una persona, porque equivocarse es aprender y no equivocarse es no aprender,

reflexiona, luego de cuestionar el purismo, muy bonito en la teoría, pero lejos de la praxis, especialmente con el cambio climático acechando.

Cuando habla del campo canario, su voz no se endurece de crítica, pero tampoco se dulcifica en nostalgia. Habla como quien ha visto ciclos como el auge del tomate en los sesenta, el auge de la flor en los ochenta, el declive del saber campesino hoy. Le preocupa la soledad de los bancales. Le duele que los jóvenes no vean futuro en la tierra, no porque la tierra no lo tenga, sino porque no hay condiciones para ello.

“Tiene que haber un diálogo, un intercambio, un debate, porque la gente joven tiene muchas ideas muy buenas. Es la generación mejor preparada desde el punto de vista de la enseñanza. Y sin embargo, entre la población jubilada hay un patrimonio de conocimiento que está desperdiciado, es una pena. Y es un estímulo para la gente joven, pero también es un estímulo para la gente mayor”, lamenta.

Y sí, hay un patrimonio de conocimiento que se está yendo con los más mayores. Y no es que ellos tengan la verdad. Es que tienen las preguntas que costó mucho formular.

La clave de apostar por la papa canaria

John mira el campo con la lucidez de quien ha vivido ciclos enteros de auge y declive, y su diagnóstico es claro, sin eufemismos. “El campo canario, tal como está planteado ahora, no tiene futuro”. Paradójicamente no hay falta de tierra, sino una nueva y difícil realidad para los agricultores con la desaparición progresiva de fitosanitarios autorizados. Esto obliga a regresar por necesidad, a formas de cultivo más atentas al equilibrio natural, similares a las que él conoció en su juventud, pero ahora potenciadas por un conocimiento científico que antes no existía.

Lo que sí podría funcionar, según John, es apostar por promocionar la papa canaria, que tiene identidad propia, historia y es una marca en sí misma. “Pero esa promoción no tiene que ser institucionalizada, tiene que ser la iniciativa, la ilusión donde hay una persona que se levanta por la mañana y trabaja hasta la tarde y no cuenta las horas, porque está ilusionada. El trabajo no es trabajo duro si uno está ilusionado”.

Yo digo que en el interior de cada canario, hay una pequeña papa, porque la papa es el espíritu del canario del campo, afirma entre risas.

El verdadero escollo, sin embargo, no es técnico, sino humano. La ausencia de relevo generacional es uno de los grandes obstáculos. “Las soluciones radicales no existen. Igual que no existe el monocultivo en Canarias. Lo que existe es una serie de iniciativas individuales con una ilusión y un plan de negocio, un concepto mental propio, individual que puede utilizar ese producto para montar su negocio”, explica.

Frente a la escasez de agua y mano de obra, los dos cuellos de botella del sector, lo sensato no es expandirse, sino intensificar con inteligencia, opina. Sacar más valor de menos superficie, priorizando cultivos de alta demanda y calidad diferenciada. Porque, como recuerda, él ha vivido siempre en el mercado, duro, exigente, implacable. Y en ese mercado, quien ofrece algo único, con autenticidad y conocimiento, siempre encontrará su lugar.

“La gente está intentando explotar fincas a grandes extensiones, pensando que esto va a salvar el campo canario. Y yo digo que es absurdo, porque ni hay gente dispuesta a trabajar en el campo en estas condiciones, ni hay agua disponible, y si hay agua disponible debe estar destinada al cultivo de más valor y más apreciado que hay”, afirma.

Dejar de pedir ayuda y empezar a identificar soluciones

Para John, imaginar el futuro de la agricultura en Canarias pasa por reconocer que el reto es profundo, estructural, y que su solución no cabrá en un plan cuatrienal. “No quiero pecar de ligereza”, advierte, consciente de que las recetas simples han fracasado una y otra vez. Su experiencia le enseñó que frente a un problema, lo primero no es esperar una subvención, sino buscar soluciones, palabra que, sorprendentemente, rara vez se oye en los debates agrarios locales, donde el discurso gira en torno a la ayuda, no al hacer.

El camino -insiste- debe trazarse con una visión de 20 años, con paciencia, con flexibilidad, con la disposición a replantear incluso aquello en lo que uno ha creído toda su vida. Requiere sobre todo, romper con la lógica del vecino como competidor y entenderlo, más bien, como aliado. Ambos enfrentan los mismos obstáculos y solo juntos pueden construir respuestas duraderas. Canarias, recuerda, no está condenada. Tiene microclimas, talento humano, y un sector turístico que cada año demanda miles de toneladas de alimentos.

Lo que falta no es potencial, sino imaginación aplicada y una administración que deje de intervenir para, sencillamente, facilitar. No diseñar el proyecto para el agricultor, sino allanar el camino para que lo construya él mismo. Eso, por sí solo, sería una revolución.

“Yo no digo que la papa va a ilusionar. O quizás sí. Puede. Por lo menos puede ilusionar al productor, pero primero es definir la gama de papas que hay, los distintos tipos, despertar el interés del turista”, expresa, luego de recalcar la importancia capital que tiene el trabajo de promoción que cuente una historia detrás del producto.

Hay que redescubrir la tierra

La casa canaria de John mira hacia el horizonte, donde se extienden fincas vacías con unas vistas magníficas. “No falta terreno en Canarias —dice—. Hay espacio por todas partes. Pero en vez de dejarlo dormir, se podría plantar especies autóctonas, incluso probar lo que en inglés llaman rewilding. En otras palabras, devolverle al paisaje su pulso antiguo para restaurar equilibrios que nosotros mismos rompimos. Reconoce que no tiene todas las respuestas —nadie las tiene—, pero insiste: la clave está en abrir el diálogo. No como debate técnico entre expertos, sino como conversación ciudadana, en una mesa redonda, en una asociación de vecinos, en una escuela rural… ahí pueden surgir miles de ideas pequeñas, concretas, realizables. El verdadero obstáculo, admite, no es técnico, sino sociopolítico. Escuchar a quien sabe del suelo, a quien ha visto llover durante sesenta años, a quien entiende que la planta no es una máquina que se programa, sino un ser que lleva millones de años adaptándose sin nuestra ayuda.

Ahí está, en esencia, el giro que propone. redescubrir la tierra, entenderla como un organismo vivo. Durante décadas, la mentalidad fue de “mete la raíz, echa agua y abono, y que la planta haga su trabajo”. Hoy sabemos que eso es tan reduccionista como pensar que la salud humana depende solo de pastillas y dieta, igual que el microbioma intestinal influye en nuestro bienestar físico y mental, el bioma del suelo —una red invisible de hongos, bacterias, nematodos y materia orgánica— sostiene la vida vegetal, la retención de agua, la fertilidad a largo plazo. La tierra no es un soporte pasivo. Es la primera, y más ignorada, de nuestras aliadas. Y tal vez, solo cuando dejemos de querer controlarlo todo, empecemos a entenderla.

“Pero junto a este mundo microbiano, en el control de plagas existen bacterias que favorecen a la planta y combaten los agentes patógenos; también hay hongos con funciones similares. Y todo esto va a ser el futuro, aunque no se trata de un futuro construido con soluciones radicales, sino con un conjunto de pequeñas medidas. Y en eso estamos. ¿Gusta o no? Va a ser así. En esto estoy absolutamente convencido. Ahora bien, el verdadero desafío es tomar conciencia de ello y llevarlo a la práctica en el campo. Y eso exige información, ensayos y pruebas directamente en el entorno agrícola”.

Tenemos que elevar el diálogo y ser más flexibles porque el que no quiere cambiar se va a quedar por el camino.

Para cerrar la conversación, John quiso dejar una declaración de intenciones, no sin antes aclarar que no se considera dueño de la verdad, ni pretende imponer certezas. Confiesa que su optimismo se enfrenta a una prueba de resistencia con el cambio climático. “He sido optimista toda la vida —dice—, y no se puede vivir del campo sin serlo. Si no lo fueras, te quedarías en la cama”. Pero esta vez, la esperanza se mezcla con una preocupación latente porque estamos muy atrasados en las acciones necesarias para mitigar los efectos del calentamiento global. Aunque celebra los avances en genética y en investigación, sabe que el tiempo que le queda a él no es el mismo que el de sus nietos.

Y es ahí donde se divide entre la inquietud y la fe. Él probablemente no vivirá las consecuencias más graves de esta crisis, pero sí las verán las generaciones venideras. “Por un lado, temo por ellos”, admite. Pero, casi de inmediato, corrige el tono: “Por otro lado, confío. Confío en que, si se les estimula, si se les da espacio, si se les entregan no solo advertencias sino también herramientas y ejemplos, serán capaces de encontrar soluciones”. Al final, como con las plantas, no se trata de controlar la naturaleza, sino de aprender a vivir dentro de sus nuevas reglas, antes de que sea demasiado tarde.

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